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El factor miedo: cómo el temor que los depredadores generan en sus presas puede transformar el paisaje

Este post es una traducción-adaptación del original escrito por Jim Robbins

En los últimos años, los biólogos están empezando a conocer mejor un proceso que hasta ahora había pasado bastante inadvertido, y que puede tener importantes implicaciones para la salud y gestión del medio natural: el terror que los depredadores generan sobre sus presas lleva a éstas a cambios de comportamiento que acaban repercutiendo sobre el ecosistema en su totalidad.

Lobo acechando sobre la nieve (Foto: Chris Muiden, licencia CC BY-SA 3.0).

La presencia de depredadores puede incrementar la biodiversidad

En la playa de una de las islas ubicadas frente a la costa de la Columbia Británica, la bióloga Liana Zanette coloca unos altavoces provisionales sobre un árbol para realizar una emisión bastante especial. No se trata de música, y su objetivo no son personas. Es el sonido penetrante de perros ladrando, y va dirigido hacia una población de mapaches un tanto singular. En lugar de nocturnos, como suele ser lo habitual en esta especie, los individuos de esta población se han vuelto diurnos y se han acostumbrado a alimentarse durante el día. Así, no tienen problema en aventurarse lejos de la seguridad del bosque, adentrándose en las expuestas llanuras mareales para buscar lombrices, almejas y otro tipo de alimento, sin preocuparse de ser comidos ya que los depredadores son escasos en la zona (osos y lobos fueron exterminados hace tiempo). Solo los perros, llevados hasta allí de forma ocasional por la población local, amenazan su aventura. A lo largo de dos meses, Zanette expuso esta población de mapaches a dos tipos de sonido diferentes: ladridos de perro (potenciales depredadores) y gruñidos de focas y leones marinos (no suponen amenaza para los mapaches). El esfuerzo por reincorporar el estímulo del miedo alterando “la paz” de los mapaches tuvo gran éxito. Según afirma Zanette en un artículo publicado en la revista Nature Communications, el tiempo que los mapaches dedicaban a alimentarse en las llanuras mareales se redujo en un 67% cuando los “perros virtuales” estaban ladrando, lo que se tradujo en un incremento del 81% en la cantidad de peces encontrados en las charcas de la zona y alrededor de un 60% más de lombrices y cangrejos rojos de roca. “Es un efecto descomunal”, asegura Zanette, bióloga de la Universidad Western Ontario.

Bienvenidos a la ecología del miedo. Muchos biólogos aseguran que el terror que sienten las presas produce cambios de gran calado en su comportamiento (algo a lo que hasta ahora se le había prestado poca atención), los cuales se extienden a través de todo el ecosistema. De hecho, es muy probable que tenga un impacto sobre los ecosistemas aún mayor que el de la propia depredación, ya que los sonidos emitidos por los depredadores pueden modificar las conductas de alimentación de muchos individuos sin llegar a matarlos. “Todos los animales se preocupan por sus depredadores”, dice Zanette. “Incluso los tigres se preocupan por los humanos. Por lo tanto es una fuerza evolutiva extraordinariamente fuerte.” Sin embargo, la dificultad de separarlo de otras variables, hace que el factor miedo haya sido difícil de estudiar, no habiéndose incluido por tanto en los modelos ecológicos. Ahora eso está cambiando. La reintroducción de lobos en el Parque Nacional de Yellowstone en 1995 dió lugar a una investigación pionera sobre la ecología del miedo, protagonizada por lobos que alteraban el comportamiento del wapiti o ciervo canadiense a la hora de alimentarse, generando una cascada ecológica con efectos sobre la vegetación y el resto de vida silvestre. En años recientes, investigadores como Zanette han desarrollado nuevas aproximaciones encaminadas a profundizar en el conocimiento del papel que juega el el miedo, dada su importancia para comprender los ecosistemas. Yellowstone, mientras tanto, continúa proporcionando nuevos hallazgos sobre la ecología del miedo a escala de paisaje.

El lobo en sus distintas etapas (Ilustración: Miren Leyzaola, licencia CC BY-SA 3.0).

El tema tiene importantes implicaciones en conservación. La desaparición y/o descenso poblacional que muchas poblaciones de depredadores han experimentado globalmente, y por tanto la desaparición del factor miedo que inducen sobre las presas, ha tenido efectos colaterales en numerosos ecosistemas. ¿Puede la pérdida de biodiversidad asociada a la escasez de depredadores ser reversible si las poblaciones de éstos se recuperan de nuevo? “Esto enfatiza la importancia de proteger poblaciones intactas de depredadores,” dice Larry Dill, un profesor emérito de biología en la Universidad Simon Fraser, quien estudió dinámicas similares en ecosistemas marinos. “Sin poblaciones saludables de lobos y tiburones aparecen impactos que se propagan hacia los eslabones inferiores de la cadena trófica.”

Los primeros estudios sobre el papel del miedo tuvieron lugar a pequeña escala, en ambientes controlados con arañas y saltamontes, en los años 80. Oswald Schmitz, de la School of Forestry & Environmental Studies de Yale, se dedicó a observar el comportamiento de búsqueda de alimento por parte de saltamontes en una serie de jaulas, tanto en presencia como en ausencia de arañas depredadoras. Cuando las arañas estuvieron ausentes, observó que los saltamontes buscaban alimento sobre la hierba. Cuando las arañas estuvieron presentes en las jaulas, los saltamontes elegían para alimentarse plantas más altas que ofrecían a los saltamontes tanto alimento como un lugar donde refugiarse. En un experimento posterior, Schmitz creó lo que él llamó “arañas de riesgo”. Se trataba de arañas, depredadoras por tanto, con su boca sellada de manera que aunque aparentaban suponer riesgo para los saltamontes no podían realmente depredar sobre ellos. A pesar de que las arañas habían sido desprovistas de sus armas, los saltamontes todavía huían a las plantas altas, mostrando, concluyó Schmitz, que la mera presencia de depredadores, y el miedo que ellos generan, afectaba al comportamiento herbívoro de las presas y cambiaba las dinámicas del ecosistema.

¿Puede el factor  miedo cambiar el curso de un río?

Hasta ese momento, estos hallazgos se limitaban al laboratorio, pero seguíamos sin saber si a gran escala los depradadores ejercen un gran efecto sobre el comportamiento de presas y la dinámica del ecosistema. La ecología del miedo ganó importancia a principios del siglo XXI cuando los investigadores de Yellowstone se dieron cuenta de que sauces y chopos había vuelto a crecer en algunas partes tras el retorno de los lobos. El lobo diezmó de tal manera las poblaciones de wapiti en el parque que causó un ajuste profundo en los ecosistemas, algo que se conoce como cascada trófica. Pero el miedo también alteró significativamente la alimentación de los wapitis supervivientes, lo que tuvo importantes implicaciones sobre los ecosistemas de Yellowstone. El gran descenso en la población de wapitis, desde unos 20.000 ejemplares antes de la reintroducción del lobo hasta los 6.000 de hoy en día, provocó que éstos pasaran mucho menos tiempo ramoneando sobre los jóvenes sauces y chopos del parque. Con mayor abundancia de sauces, chopos y pasto, un elenco de especies diferentes, desde castores a pequeñas aves, se beneficiaron de la extensión de su hábitat predilecto. El mayor número de diques construidos por los castores se tradujo en un mayor número de remansos en los ríos, un caudal más regular en los arroyos, y en más y mejores hábitats para los peces.

Macho de wapiti o ciervo canadiense siendo atacado por lobos (Foto: Doug Smith).

No obstante, algunos estudios mostraron que el factor miedo de la depredación también tuvo un profundo impacto sobre los ecosistemas. Cuando los lobos aparecieron, la capacidad de atención del wapiti se incrementó de repente, pasando a ser extremadamente vigilantes, por lo que ya no podían pasarse el rato tan campantes por el río comiendo todas las plantas de la ribera que les diera la gana. Esto conllevó un cambio en la intensidad y patrones de pastoreo. Así, sauces y chopos volvieron a alcanzar un gran desarrollo por primera vez en décadas. Un artículo de 2010 sobre este fenómeno fue titulado “El paisaje del miedo: las implicaciones ecológicas se sentir temor”. Dado que el lobo es un animal carismático y el Parque Nacional de Yellowstone reconocido a nivel mundial, el “paisaje del miedo” se hizo famoso. Un vídeo en youtube narrado por el columnista de The Guardian, George Monbiot, titulado “Cómo los lobos cambian ríos”, tiene más de 35 millones de visualizaciones. Algunos críticos dicen que la idea de los lobos restaurando Yellowstone mediante el terror es muy mediática y ha estimulado la imaginación de la gente. Críticos como Oswald Schmitz no están convencidos de que estos cambios estén relacionados con la reintroducción del lobo y los subsecuentes cambios comportamentales del wapiti. El crecimiento de más sauces y chopos podría ser resultado de un mayor número de riadas y avenidas de gran magnitud, lo que significa más agua para la vegetación de las riberas. Sin embargo, esta posibilidad no se ha comprobado todavía en los estudios realizados hasta la fecha. Así, Schmitz insiste en que hay evidencias de que el wapiti no está del todo preocupado por la presencia de los lobos.

Parque Nacional de Yellowstone (Foto: Daniel Mayer, licencia CC BY-SA 3.0).

Doug Smith, quien había sido el biólogo encargado del seguimiento de la población de lobo en el parque de Yellowstone desde que los animales fueron reintroducidos, no está de acuerdo con los críticos que menosprecian el impacto ecológico creado por el miedo de los wapitis hacia los lobos. Asegura que, si bien el efecto del miedo ha sido popularizado más allá de su impacto real, no hay duda que ha provocado una una auténtica cascada trófica asociada a la presencia de los lobos. En su opinión, “el debate ahora no está en si esto es cierto, sino en cómo funciona.” Separar el efecto de factores como el miedo de otra serie factores tales como las crecidas de los ríos o el descenso en la población de wapiti, es difícil, asegura Smith.

Un artículo publicado recientemente, y que revisa el efecto del factor miedo en los ecosistemas, da cuenta de estudios en los cuales los investigadores siguieron mediante collares-GPS a wapitis que se desenvolvían en áreas con presencia de lobos. En este trabajo se destaca que “el wapiti evita áreas peligrosas en zonas de sauces durante el pico de actividad de los lobos. El miedo a los lobos conforma el paisaje”. Pero precisamente desentrañar el cómo eso ocurre es “más complicado de lo que pensamos”. Esta investigación podría suponer un gran argumento para apoyar la protección de las poblaciones de depredadores existentes o bien una buena razón para introducir nuevos. Comprender el paisaje del miedo también puede ofrecer nuevas formas de gestionar los ecosistemas. Los biólogos que trabajan en la conservación del Urogallo de las artemisas en Oregón, por ejemplo, han encontrado que las aves que anidan en el suelo evitan asentarse cerca de bosques de enebros porque los cuervos y rapaces los utilizan los enebros como posaderos y acaban depredando sobre los Urogallos. Así, como medida de gestión, en muchas áreas donde el Urogallo de las artemisas se reproduce se ha llevado a cabo la tala de enebros.

Urogallo de las artemisas

¿Qué efecto tiene el miedo que los humanos generan sobre los animales salvajes en un mundo natural?

Un estudio de 2015 calificó a los humanos como “superdepredadores” debido a que matan carnívoros a una espeluznante tasa nueve veces superior a la de otros depredadores. En consonancia con el enorme riesgo que suponen los humanos, ¿cómo se ve modificado el comportamiento de lobos, osos, glotones y linces como resultado de la presencia humana?, y ¿cómo altera su papel en los ecosistemas? Nadie lo sabe, pero Zanette ha sopesado esta cuestión también. En el Reino Unido, los tejones, a los que les encanta las lombrices y ocasionalmente depredan sobre aves, mamíferos y reptiles, han tenido solo un depredador principal durante siglos: los humanos. Zanette y sus colegas dispusieron una serie de cubetas sobre el terreno que contenían cacahuetes semienterrados para los tejones. Los científicos entonces activaron grabaciones con sonidos de ovejas, y después de lobos, los cuales hace tiempo que no habitan en la zona. Los tejones ignoraron ambos sonidos durante su alimentación. Grabaciones con sonidos de osos y perros provocaron cierto retraso y dudas en los tejones a la hora de dirigirse hacia los cubos. “Pero la cosa que más temieron fue el sonido de personas hablando,” dice Zanette. “Pusimos emisiones de la BBC, documentales sobre aviación, actores leyendo libros, y, de forma general, no salieron de sus madrigueras mientras los sonidos asociados a actividad humana estuvieron presentes.” Schmitz dice que los impactos asociados a la presencia de humanos, y el paisaje del miedo que crean, podría tener implicaciones importantes. “Los humanos”, dice él, “pueden provocar importantes efectos al ahuyentar a los depredadores, hasta el punto de que los procesos ecosistémicos podrían verse alterados radicalmente.”

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