A pajera

Frutas de final de verano: una deliciosa exaltación del Mediterráneo

Septiembre y octubre se corresponden con una de las épocas en las que la naturaleza nos obsequia con mayor variedad de frutas, ya que podemos disfrutar del tramo final de muchos cultivos estivales típicos (sandía, melón, melocotones) junto a otros frutos que maduran a final de verano y alargan su temporada hasta comienzos de otoño, como los higos, la uva o algunas variedades de ciruelas. Hoy os hablaremos de estos últimos.

Los higos son un fruto típicamente mediterráneo cuyo árbol, la higuera (Familia Moraceae), procede de oriente próximo (Valle del Jordán). Curiosamente, parece que fue una de las primeras plantas en ser domesticadas por los humanos (6.500 a.C.), antes que olivos, vid o palmeras datileras. Esto ocurrió así, probablemente, debido a la facilidad de su reproducción y cultivo. Las higueras crecen fácilmente a partir de semillas y esquejes, y son capaces de aguantar tanto sequía como altas temperaturas. En el mediterráneo más árido (por ejemplo, en el sureste Ibérico) podemos encontrar higueras en zonas adyacentes a cultivos, acequias o cursos de agua, representando vestigios de antiguos cultivos o individuos prácticamente silvestres. No hay huerta que no tenga una higuera que dé sombra en verano y que deje pasar la luz en invierno, época durante la que pierde sus hojas. Algunas higueras son capaces de producir dos cosechas al año (higueras bíferas), una en junio, produciendo brevas y otra desde finales de agosto hasta octubre, produciendo higos. Contrariamente a lo que parece, las brevas son posteriores a los higos, ya que éstas tienen su origen en flores de la temporada anterior que maduran el año siguiente. Además de frescos, los higos se pueden secar al sol para ser consumidos a lo largo del año. Nutricionalmente, los higos destacan por la presencia de fibra, compuestos antioxidantes y otros nutrientes que mejoran el tránsito intestinal.

Ilustración de Ficus carica y sus frutos, los higos (Original: Trew, C.J., Plantae selectae)

No se entendería el Mediterráneo sin la uva, pieza central de una cultura milenaria. Aunque existen muchas especies de vid, repartidas por varios continentes, la mayoría de la producción de uva procede de la vid europea o euroasiática (Vitis vinifera, Fam. Vitaceae). La vid silvestre parece proceder del mediterráneo oriental y de la zona caucásica, donde tuvo múltiples zonas de diversificación. Su domesticación pudo ocurrir entre los años 7.000-4.000 a.C. en una región comprendida entre Irán y el Mar Negro. Más tarde, los griegos la traerían a Europa, por donde se extendería de forma paralela al proceso de elaboración del vino, el cual sería constantemente mejorado por las sucesivas civilizaciones han ido poblando el Mediterráneo. Al ser la vid una planta trepadora, los asirios y griegos empezaron a usar árboles (olmos, por ejemplo) como planta tutor que daba soporte a la vid. Durante cientos de años, la vid ha formado parte de los paisajes ibéricos. Aprovechando su capacidad para trepar, es habitual su uso en muchas casas como tejado estival en porches pues, al ser una planta de hoja caduca, permite el paso de la luz solar durante el invierno pero evita el el tórrido sol veraniego. A finales del siglo XIX, la vid europea fue atacada por la filoxera, una plaga que destruía las raíces. A partir de entonces, se usaron variedades de vid americana, resistentes a la plaga, que posteriormente se injertarían con variedades de vid europeas, más adecuadas para la producción de vino. España es el primer productor mundial de uva, que se usa en su mayoría para la elaboración de vino. Los agricultores han seleccionado cientos de variedades locales que se adaptan mejor a las condiciones climáticas y a los suelos de cada región. En el sureste, tenemos la uva Monastrell, típica de las denominaciones de origen de Jumilla y Bullas, cuya planta se caracteriza por una gran resistencia a la aridez. La uva fresca destaca por su contenido en compuestos antioxidantes.

Racimo de uva monastrell (Foto: Pancrat, CC BY-SA 3.0)

Receta: Ensalada de frutas

Una ensalada de uva, melón, ciruelas e higos componen un complemento perfecto a cualquier comida, especialmente si ésta es algo pesada. Por ejemplo, unas gachas migas de verdura (también con sardinas o carne) se complementan a la perfección con este tipo de ensalada. Además, estas frutas de otoño pueden ser un excelente desayuno acompañado de unas tostadas de buen pan, aceite, tomate y queso de cabra.

Ensalada de uva, ciruelas claudias e higos

No hay nada mejor que acabar el verano de una manera dulce, sabrosa y empapado de historia milenaria.

Gachas migas con verduras y sardinas