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La gestión de la tierra: clave para reducir el 37% de las emisiones de CO2

El reciente acuerdo de París sobre cambio climático plantea como objetivo para el periodo 2020-2030 limitar el aumento de la temperatura media global a 2 ºC con respecto a los niveles de la era pre-industrial. Ahora, un equipo multidisciplinar compuesto por investigadores de varias nacionalidades, acaba de publicar un estudio en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA en el cual afirman que, mediante lo que ellos denominan “soluciones climáticas naturales” (NCS, de aquí en adelante), se podrían reducir un 37% las emisiones de carbono. Para lograr este objetivo, plantean 20 tipos de acciones de conservación, restauración y mejora del manejo de la tierra que pueden incrementar el secuestro de CO2 en los suelos así como limitar la emisión de este gas por parte de bosques, humedales, pastizales y tierras agrícolas. Este tipo de medidas vendrían a complementar otras más focalizadas en la reducción de emisiones provenientes de la quema de combustibles fósiles. Así, las NCS constituyen un conjunto de opciones que pueden contribuir en gran medida a que los distintos países cumplan el acuerdo climático de París, al mismo tiempo que ayudan a mejorar la productividad del suelo, la recarga de acuíferos, la calidad del aire y el agua, conservar la biodiversidad o reducir el riesgo de avenidas.

Algunas de las medidas más relevantes tienen que ver con el manejo de la superficie forestal. Los árboles, durante el crecimiento, captan el carbono con el que forman sus tejidos del CO2 atmosférico, contribuyendo así a disminuir la concentración del mismo en el aire. Los autores del estudio apuntan a que algunas acciones encaminadas a incrementar el papel de los bosques en la mitigación del cambio climático, como la reforestación, frenar la pérdida de bosques y unas prácticas forestales más respetuosas, podrían reducir hasta 7.000 millones de toneladas de CO2 al año para 2030, es decir, el equivalente a retirar 1.500 millones de coches de gasolina de la circulación. Los investigadores afirman con rotundidad que, para que esta propuesta sea efectiva, una senda fundamental a recorrer sería la reducción de la superficie de tierra dedicada al ganado, es decir, todo pasa por reducir el consumo de carne en aquellas dietas que más abusan de este tipo de alimento, como la europea y la norteamericana (ver ejemplo). Y es que, reducir la cantidad de ganado permitiría la recuperación de grandes extensiones de terreno a nivel global, que podrían volver a ser ocupadas por bosques.

Mosaico agroforestal en el valle del río Júcar. Foto: Félix Picazo.

No parece ésta una hipótesis descabellada, pues numerosos estudios previos han investigado la relación entre la transformación de los usos del suelo derivada de la actividad humana y la concentración de CO2 y metano en la atmósfera a lo largo de la historia. Así, por ejemplo, son famosos los trabajos del climatólogo William F. Ruddiman  (ejemplo) en los cuales afirma que la deforestación ocurrida con el nacimiento de la agricultura y la ganadería durante la revolución del neolítico aumentó la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, alterando así el ciclo de enfriamiento en el que hipotéticamente se adentraba el planeta e iniciando el proceso de calentamiento antropogénico que hemos disparado en las últimas décadas con la quema de combustibles fósiles. Otros estudios posteriores, como el liderado por la investigadora Julia Pongratz (estudio), han relacionado la evolución de las emisiones de CO2 con eventos históricos que conllevaron importantes reducciones en la población de seres humanos sobre ciertas áreas de la Tierra, principalmente como consecuencia de epidemias o guerras. La hipótesis de partida es que la despoblación que seguía a dichas epidemias o guerras liberaba grandes extensiones de terreno de la agricultura y la ganadería, por lo que el avance del bosque retiraba grandes cantidades de carbono de la atmósfera. Los resultados muestran que durante los eventos de corta duración, como la epidemia de peste negra en Europa (años 1347-1400) o el colapso de la dinastía Ming (años 1600-1650), apenas hubo tiempo para que el efecto de la reforestación compensara las emisiones de carbono de la época. Sin embargo, durante los eventos de mayor duración, como la expansión del imperio mongol (años 1200-1380) o la colonización de los subcontinentes americanos (1519-1700) hubo suficiente tiempo para que los bosques volvieran a ocupar grandes áreas despobladas y secuestraran cantidades significativas de carbono. No obstante, se trató de situaciones con impacto regional, de manera que a escala global este secuestro de CO2 asociado a la reforestación de zonas con despoblación reciente era, habitualmente, atenuado por la continua deforestación en otras partes del mundo. Únicamente en el caso de las invasiones mongolas el efecto fue constatable a escala global, y es que, se calcula que la superficie agrícola abandonada alcanzó los 309.000 km2, de los cuales, unos 142.000 km2 volvieron a albergar bosques. Los investigadores calculan que este evento retiró alrededor de 700 millones de toneladas de carbono de la atmósfera. Aún así, el descenso en la concentración de CO2 atmosférico fue tan pequeño que difícilmente podría haber influido sobre el clima global. Como dato curioso, merece la pena destacar que durante las guerras asociadas a la invasión mongola, impulsadas bajo el mandato de Gengis Kan, y que forjaron el imperio contiguo más extenso de la historia con un tamaño aproximado similar al del continente africano, fueron exterminadas cerca de 40 millones de personas, lo que en aquel entonces suponía cerca del 10% de la población mundial.

Los pastizales para alimentar al ganado ocupan grandes áreas que anteriormente fueron bosque. En la imagen, ganado vacuno en la montaña leonesa. Foto: Félix Picazo.

Retomando de nuevo las NCS, los investigadores señalan 5 territorios principales donde el manejo de la superficie forestal ofrece mayor potencial para la mitigación del cambio climático: Brasil, Indonesia, China, Rusia e India. Las estimas de la FAO indican que la superficie agrícola suma hasta el 11% de las tierras emergidas, por lo que, según los investigadores del estudio que nos ocupa, modificar las prácticas agrícolas podría reducir hasta un 22% las emisiones de carbono, o lo que es lo mismo, retirar de la circulación 522 millones de coches de gasolina. Otro tipo de medidas irían encaminadas, por ejemplo, a la plantación de árboles en los márgenes entre parcelas de cultivo o a una reducción en las emisiones de óxido nitroso. Las emisiones de este  gas, que tiene  un potencial de efecto invernadero 300 veces mayor que el CO2, se podrían reducir mediante una aplicación más racional de fertilizantes químicos. No obstante, todas estas medidas generales, necesitan ser cuidadosamente estudiadas caso por caso para evitar actuaciones que podrían resultar contraproducentes (ejemplo). Y es que, las relaciones entre la cantidad de carbono secuestrado por los árboles, la disponibilidad de agua necesaria para el funcionamiento del ecosistema y el efecto albedo son muy complejas y dependen en gran medida de las especies forestales utilizadas y del tipo de suelo en que nos encontremos. A tal respecto, es muy recomendable leer este reciente e interesantísimo post publicado por los investigadores Fernando T. Maestre y Fernando Soliveres en el que revisan estas cuestiones.

Como conclusión final, los autores del estudio que nos ocupa afirman que el conocimiento existente proporciona una base robusta para ejecutar una acción global inmediata, centrada en un mejor manejo de los ecosistemas, que contribuya de manera relevante en la lucha contra el cambio climático.

Artículo completo:

Griscom WB et al. (2017) Natural climate solutions. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America. doi: 10.1073/pnas.1710465114