Investiga, que no es poco

Lo que ya sabes de las abejas (o no)

Como cada 20 de mayo, desde que en 2017 fuera declarado por la Asamblea General de Naciones Unidas, hoy celebramos el día mundial de las abejas. Con tal motivo, Ignasi (Nacho) Bartomeus (Estación Biológica de Doñana-CSIC), presidente de la Asociación Española de Ecología Terrestre, ha escrito esta bonita entrada donde nos muestra algunos aspectos conocidos, y otros que no lo son tanto, sobre estos esenciales organismos. ¡Os dejamos con Nacho! Acompañado de las grandes fotografías de Curro Molina (Asociación Abejas Silvestres).

Nacho Bartomeus es investigador en la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC).

A estas alturas, ya se ha hablado mucho sobre la importancia de las abejas, incidiendo una y otra vez sobre los mismos tópicos. Por eso, me gustaría revisitarlos una vez más para afianzar conceptos, pero esta vez, quizás, el lector avezado se percate de algún que otro ligero giro argumental. Lo que sigue, tiene un punto irónico, pero todo lo que cuento es cierto.

Concepto 1: Las abejas como ejemplo clásico de especie mutualista

No hay ejemplo más manido de mutualismo que el protagonizado por las abejas. Los mutualismos son relaciones entre especies donde el beneficio que obtienen ambas partes es superior a los costes de dicha interacción. Siglos de co-evolución entre abejas y ácaros ilustran estas relaciones mutualistas a la perfección. Sí, has oído bien, relaciones mutualistas ácaro-abeja. Muchas especies de abejas, sobre todo abejas carpinteras (Xylocopinae) y halíctidos (Halictidae), establecen relaciones mutualistas con ácaros, mayormente detritívoros (descomponen y reciclan materia orgánica). La adaptación es tal, que muchas especies de abejas tienen modificaciones anatómicas, como grandes cavidades en el abdomen (conocido como acarinario o acarinarium) o zonas con pelos especiales para albergar y transportar a estos ácaros. Los pocos estudios detallados que existen han documentado que las abejas con ácaros tienen mayor éxito reproductivo, ya que estos se alimentan de los hongos que podrían atacar sus reservas de polen o de otros ácaros dañinos.

Abeja del género Dasypoda cargada de polen. Foto: Curro Molina.

Concepto 2: Las abejas como proveedores de funciones y servicios ecosistémicos

Está claro que las abejas aportan servicios (y gratis) a los ecosistemas, mejorando así su funcionamiento. Un servicio ecosistémico clásico es la bioturbación del suelo. Sí amigos, el 64 % de las abejas no parásitas nidifican en el suelo, donde excavan sus nidos a una profundidad media de 35 cm, pero pudiendo llegar hasta los 3 metros. Estos nidos no solo airean el suelo, sino que favorecen el transporte de nutrientes, ya que las abejas a menudo transportan grandes cantidades de tierra de un lugar a otro. Los pocos estudios que hay al respecto han calculado que los individuos de una sola especie de abeja solitaria (Nomia meander) mueven cada año más de 95 toneladas de suelo en el Valle de Touchet (estado de Washington).

Abeja transportando un trozo de suelo. Foto: Curro Molina.

Concepto 3: Las abejas como pieza clave en el mantenimiento de la biodiversidad

Las abejas son a menudo retratadas como piezas clave para mantener la biodiversidad, ya que de ellas depende la reproducción de una gran cantidad de especies. Y no es para menos. Las abejas son vitales para una gran variedad de organismos, como bacterias, levaduras y otros hongos, nemátodos, hemípteros, dípteros (bombílidos, asílidos, sarcofágidos y conópidos, entre otros), coleópteros (meloideos, ripifóridos, y cléridos, entre otros), himenópteros (crísidos, ichneumónidos, mutílidos, crabrónidos y hormigas, entre otros), stylops, arácnidos (ácaros y tomisidos, entre otros), aves como el abejaruco y el abejero europeo, y hasta para otras abejas. Todos estos organismos son frecuentes comensales, depredadores, parásitos o parasitoides de los nidos de las abejas, sin las cuales no podrían subsistir.

Araña (Thomisus onustus) capturando una abeja del género Dasypoda. Foto: Curro Molina.

Concepto 4: Las abejas nos dan miedo, pero es infundado.

No podía acabar sin hacer mención a la mala prensa que a menudo se les da a las abejas, pese a ser mayormente inmerecida. Para ilustrar el caso, me referiré a la acusación penal por derribar a un avión que se les impuso en Estados Unidos. Tras examinar el avión accidentado, se encontró un nido de abejas solitarias del género Ashmeadiella (familia Megachilidae) en uno de los conductos del motor, al cual se atribuyó la causa del accidente. Sin embargo, los entomólogos Eickwort y Rozen examinaron el nido en cuestión y establecieron que el nido había sido construido después del accidente, quedando así las abejas exoneradas de la acusación. Por tanto, la próxima vez que subas a un avión, no tengas miedo de las abejas. Si no las molestas, no te harán nada.

Abeja con larvas foréticas de coleóptero (larvas anaranjadas). Estas larvas parasitas se adhieren a la abeja para parasitar su nido, donde se comerán el polen almacenado. Foto: Curro Molina.

Revisar conceptos está bien, porque a veces, los árboles no nos dejan ver el bosque. Y es que en esta vida, no todo son interacciones planta-polinizador.

Nota: Si queréis saber más sobre la biología de las abejas, os recomiendo “The solitary bee“, de Danforth, Hinckley & Neff (Princetone University Press).