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¿Era la pandemia de COVID-19 evitable? Enseñanzas de la ecología de patógenos

Creemos no equivocarnos cuando decimos que la inmensa mayoría de la población no se esperaba que una pandemia como la de COVID-19 pudiera emerger en pleno siglo XXI y mucho menos que causara los estragos sanitarios, económicos y sociales que estamos viendo a nivel mundial. Sin embargo, desde el mundo científico, especialmente el relacionado con la ecología de patógenos, ha habido advertencias continuadas que apuntaban que la probabilidad de sufrir un evento de este tipo era alta y que ésta aumentaba conforme hemos ido intensificando la destrucción de los ecosistemas naturales.

Hoy os resumimos un artículo firmado por un grupo internacional de científicos liderado por Benjamin Roche (IRDUNAM). El trabajo, publicado recientemente en la prestigiosa revista Ecology Letters, enfatiza el papel clave que juega la ecología de patógenos para entender la raíz del problema, proponer soluciones y diseñar acciones eficaces para prevenir futuras pandemias a través de aproximaciones interdisciplinares que permitan una mayor integración del conocimiento científico disponible.

Reacción a la pandemia de COVID-19

La pandemia de COVID‐19 causada por el coronavirus SARS‐CoV‐2 ha producido una crisis sanitaria global, infectando a millones y causando la muerte de cientos de miles de personas a lo largo y ancho del planeta. Esto ha llevado al colapso de los sistemas sanitarios más avanzados, alterado las relaciones sociales y paralizado la economía a nivel global. Esta crisis aún no ha terminado, pero ya se puede decir que las consecuencias son comparables a la pandemia de gripe de 1918.

Hospital de campaña en Kansas (USA) durante la pandemia de gripe de 1918, el equivalente al “IFEMA” de la época. Foto: Nicholls H;  Creative Commons Attribution 2.5 Generic

Para intentar atajar esta situación, se ha producido una movilización de científicos de distintos campos y expertos en salud pública sin precedentes. Una de las cosas que nos ha enseñado esta trágica pandemia es que, ante una emergencia global, la comunidad científica puede movilizarse rápidamente para intentar proveer soluciones en tiempo récord, aumentando la coordinación entre disciplinas, promoviendo el libre acceso a datos científicos, discusiones abiertas, etc. Además, como consecuencia de la incertidumbre generada, los gobiernos, en general, han sido receptivos a las recomendaciones científicas, incorporando en mayor o menor grado evidencias científicas a las tomas de decisiones.

¿Nadie lo advirtió?

Desde el mundo de la ecología de patógenos se llevaba tiempo advirtiendo de que la aparición de una pandemia de la magnitud de la que estamos viviendo era cuestión de tiempo. La tasa de aparición de nuevas enfermedades infecciosas de origen animal (lo que se conoce como zoonosis) no ha parado de incrementarse en las últimas décadas, dándose avisos importantes como los relacionados con epidemias de gripe aviar, MERS, Zika y Ébola. Cabe destacar que estos brotes fueron controlados parcialmente porque su transmisibilidad y virulencia los hicieron más fáciles de atajar con medidas de salud pública. En el caso de los coronavirus, diversos trabajos científicos habían alertado sobre el potencial que tiene este grupo de virus para causar una pandemia de consecuencias imprevisibles, ya que se trata de un grupo de virus de fácil transmisión a los humanos y se encuentran tanto en fauna salvaje (murciélagos, pangolines) como en ganado (cerdos, vacuno) y mascotas (gatos, pájaros).

¿Cómo podemos evitar la próxima pandemia?l

El SARS‐CoV‐2 es el ejemplo perfecto de una enfermedad zoonótica. Estas enfermedades han ocurrido en repetidas ocasiones durante la historia de la especie humana. Enfermedades de origen animal como la viruela, la peste bubónica y el cólera fueron originalmente introducidas por los europeos en América y África, diezmando la población de las comunidades indígenas locales. Otras, como la fiebre amarilla, SIDA, dengue y Zika saltaron a la especie humana desde los primates. Sin embargo, el potencial de los virus para causar estragos en las poblaciones humanas es mucho mayor ahora que en el pasado. Nuestro crecimiento exponencial, las mayores tasas de urbanización de suelo de la historia, el avance tecnológico en los medios de transporte y la globalización han sido claves en la rápida expansión de patógenos. Además, la frecuencia y volumen de las pandemias de este tipo no para de incrementarse como consecuencia de los profundos cambios ambientales que el ser humano está causando a nivel global. Estamos afrontando la sexta extinción masiva de especies, la primera causada por el ser humano, y esta pérdida de biodiversidad puede incrementar la transmisión de patógenos desde animales hacia ser humano (estudio).  

En este sentido, la ecología evolutiva puede ayudar a entender y predecir la circulación de los virus en la fauna y su salto a nuestra especie. La estructura de las comunidades animales y aspectos como su abundancia, diversidad o composición de especies pueden modular la emergencia de nuevos patógenos, su circulación y evolución. La inversión para generar conocimiento que ayude a entender los procesos que promueven la zoonosis y el papel que juega la biodiversidad en la transmisión de patógenos es esencial para establecer medidas proactivas contra las pandemias. En concreto, la gestión y restauración ambiental dirigida a proteger y recuperar la biodiversidad y los hábitats naturales, el concepto de “rewilding” (permitir que la naturaleza recupere su espacio y estado salvaje) y el control del comercio ilegal de fauna juegan un papel importante en evitar la emergencia de patógenos y su transmisión.

El estrecho contacto entre humanos y fauna, un aspecto clave

La expansión de las zonas urbanas hacia zonas que hasta ahora eran remotas e inalteradas y que nos pone en contacto con especies vectores (y sus virus) con las que apenas habíamos interactuado. Esto es especialmente evidente en las regiones tropicales y subtropicales donde se encuentran los mayores valores de biodiversidad del planeta. En estas regiones, la caza, las actividades recreativas, la agricultura y el comercio de fauna amplifica nuestro contacto con virus de distintas especies. Sabemos que esta interacción puede facilitar la adaptación de los virus al ser humano.

Por otro lado, el incremento de enfermedades provenientes del ganado se atribuye a la explosión de la cría intensiva y la homogeneización genética que ésta implica. Estos sistemas donde el ganado es criado bajo condiciones de hacinamiento o alta densidad pueden servir como amplificadores y hospedadores de nuevos patógenos que luego dan el salto a la especie humana dado que el contacto entre animales y cuidadores es frecuente y recurrente. Diversificar el ganado dentro de un mismo sistema de explotación puede moderar el riesgo de que estos animales puedan propagar nuevos patógenos.

Las altas densidades que se dan en la cría intensiva de ganado puede favorecer la transmisión de patógenos. Foto: Mercy for animals. CC-by-2.0.

Hasta la fecha, los estudios médicos se han centrado en la búsqueda de marcadores genéticos que informen sobre la adaptación del virus al ser humano y la transmisión del mismo entre personas. Sin embargo, la ecología evolutiva tiene mucho que decir respecto a qué factores están promoviendo esas adaptaciones, pudiendo aportar conocimiento práctico para gestionar la pandemia, utilizando para ello datos reales y modelos experimentales sobre el contacto animal-humano. En este sentido, ya existen experiencias previas, como el manejo de la esquistosomiasis (enfermedad parasitaria que afecta a los humanos) a través de la actuación en granjas de langostino, donde se controlan las poblaciones de caracoles  que actúan como vectores de transmisión de la enfermedad. Otro ejemplo es la gestión del paisaje enfocada a evitar el contacto entre humanos y murciélagos en el medio rural. No obstante, todavía queda mucho camino por recorrer para saber qué acciones concretas, cuándo y dónde pueden reducir el riesgo de pandemia con mayor efectividad.

Enseñanzas de la COVID-19

Es necesario adoptar una aproximación ecológica y evolutiva para entender, modelar y predecir pandemias en un mundo cambiante. Si centramos nuestros esfuerzos solamente en medidas de mitigación y emergencia, tal y como estamos viendo actualmente con la COVID-19, estaremos perdiendo una valiosa oportunidad de combatir las causas estructurales que provocan y amplifican la pandemia. Las consecuencias derivadas de esta decisión serían dramáticas para el ser humano. Una vez más, el mundo científico clama por la investigación inter- y transdisciplinar bajo el marco de las iniciativas como “Ecohealth”, “OneHealth” y “Planetary health” que, básicamente, insisten en la interconexión entre la salud de nuestros ecosistemas y la salud humana. Estas aproximaciones son básicas para entender el vínculo entre la expansión de patógenos entre especies salvajes, el salto a la especie humana y su transmisión entre personas, lo que a la postre es vital para prevenir grandes pandemias. Sin embargo, hasta la fecha, estas aproximaciones han sido ampliamente ignoradas por nuestros gobernantes.

En plena pandemia, el ingente gasto en el desarrollo de fármacos y vacunas que permitan atacar directamente a la enfermedad es lógico y necesario, pero se debería complementar con políticas y estrategias dirigidas a la raíz del problema, de manera que la expansión de estas enfermedades se combata en origen. Un ejemplo a seguir son los programas educativos en los puntos calientes de emergencia de enfermedades infecciosas enfocados a reducir la exposición de los granjeros asiáticos a la fauna salvaje o para promover la conservación de la biodiversidad en América y el África subsahariana. Esta estrategia es menos vistosa pero más eficiente y de bajo coste, especialmente si consideramos el ahorro que supondría evitar una nueva pandemia. En este sentido, las acciones reactivas (a posteriori) son varios órdenes de magnitud más caras que las proactivas (aquellas que anticipan un evento). La inversión en sistemas de salud públicos fuertes y de acceso universal, junto a la educación y gestión ambiental en las zonas calientes de emergencia de enfermedades, pueden contener las enfermedades zoonóticas antes de que éstas se expandan.

El desarrollo de fármacos y vacunas y la investigación biomédica debe ser complementada con medidas de educación, gestión y restauración ambiental dirigidas a combatir la pandemia en origen. Foto: Banc de Sang i Teixits, Barcelona. CC by 2.0

Es fácil confiar en los científicos “en tiempos de guerra” contra el COVID-19 pero esta confianza es, si cabe, más importante en “tiempos de paz”. Sería un error considerar esta pandemia como un fenómeno aislado y no como parte de una reacción en cadena provocada por nuestras acciones. La pandemia de COVID-19 no es más que una de las múltiples consecuencias de la crisis sistémica que tenemos encima. Existe un amplio consenso científico y apabullantes evidencias de que estamos deteriorando la integridad y salud de nuestros ecosistemas y los servicios que estos nos proveen. Hemos traspasado los límites biofísicos del planeta y vamos tarde para tomar decisiones cruciales para revertir la tendencia. Solamente invirtiendo en conocimiento científico en estrecha colaboración con agentes clave (autoridades locales y ciudadanos, salud pública, organizaciones internacionales, expertos en ciencias sociales, etc.) seremos capaces de encontrar soluciones viables, guiar las decisiones políticas y evitar futuras catástrofes.

Artículo original

Roche, B., Garchitorena, A., Guégan, J. F., Arnal, A., Roiz, D., Morand, S., et al., (2020). Was the COVID‐19 pandemic avoidable? A call for a “solution‐oriented” approach in pathogen evolutionary ecology to prevent future outbreaks. Ecology letters. https://doi.org/10.1111/ele.13586

*Foto de portada de Miroslava Chrienova